DELEITE… otro fruto de la Gracia y el Poder de Dios

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Hace más de un año vi una película llamada Mom’s Night Out. Una comedia entretenida que cuenta la experiencia de una madre cristiana de tres hijos, homeschooler, que está al borde de la locura por su intenso estilo de vida. De una manera simple, cercana y un tanto exagerada, por su género, toda madre que la ve podría empatizar con esa mujer a la que puede ocurrirle de todo en un solo día. Fue así que, mientras transcurría, me regaló una escena que no he vuelto a olvidar: a Allyson, la protagonista, le conmueve profundamente ver en internet el vídeo de un ave que reposa recostada sobre sus polluelos en un nido. Esta imagen la detiene en la observación, sin entender por qué. En momentos de estrés y colapso, pasa largo rato contemplando la labor de esta madre con alas, recostada y quieta, plácida, plena en el hermoso y solo hecho de estar dando calor a sus huevitos. Por mi parte, me quedé pensando varios días en esa imagen, igualmente conmovida por algo que me hacía reflexionar… sin entender enteramente por qué.

El artículo anterior nos invitaba a reflexionar en esa plenitud robada que a muchas madres se les tiende a escapar . No sólo que nos la haya robado la presión cultural, sino que también la hemos dejado ir sin mucha resistencia. Porque resulta que por más que amemos nuestra tarea, el día a día nos recuerda que no es fácil. Y este trabajo que amas, que te levanta como resorte por la mañana, te acuesta quizás por la noche, a veces cansada y un poco mal genio, sin mucha sonrisa que ofrecerle a la almohada. Y no es por las tareas domésticas, sino muchas veces por el ejercicio de llevar en paralelo todo lo demás: la crianza, el amor, la instrucción, la corrección, la educación, y las peripecias del día. Nuestra labor demanda constante sabiduría y templanza, no siempre alcanzadas. Y muchas veces la frustración y el sentimiento de insuficiencia viene a instalarse sobre nosotras cuando tenemos algún minuto de silencio. Pero observemos lo que dice la Biblia acerca de una mujer sabia:

Se reviste de fuerza y dignidad, y afronta segura el porvenir.

Cuando habla, lo hace con sabiduría, cuando instruye, lo hace con amor.

Proverbio 31:25-26

No sé ustedes, pero a mí este versículo me provoca unos minutos de silencio. Esta mujer es sorprendente, es segura, es sabia, es firme, dulce, y amorosa a la vez. Pero debemos saber que NO HAY MANERA de ser todas estas cosas, al mismo tiempo, y permanentemente, sin el toque sobrenatural del Espíritu Santo. Así que no te recomiendo compararte con ella si es que tu relación con Dios está débil o simplemente no la tienes. Pero, con mucho ímpetu, sí te aliento a buscar la fuente que nos puede llevar a experimentar este carácter. Esta mujer “se reviste de…”, ella toma de algo, ella se abastece, ella se nutre. La bondad, la paciencia, la mansedumbre, la firmeza para perseverar en nuestra instrucción, la sabiduría para marcar el camino y ayudar a nuestros hijos, no puede solamente venir de nosotras; tal bondad es imposible para un corazón que por sí solo tiende al egoísmo. Quizás lo lograrás un día que todo esté a tu favor… pero no es sostenible en el tiempo. No podemos hacerlo en nuestras fuerzas. Nosotras no somos suficientes. Los amamos, pero siendo honestas, nuestro puro amor no alcanza para mantener la calma en situaciones difíciles. En algún momento nos agotamos, en algún momento anhelamos el silencio y la soledad, abandonamos la templanza. Y en el momento de silencio que encuentres, te alcanza la tristeza y el sentimiento de culpa. No podemos descansar en la sola fuerza de una madre. Porque tarde o temprano nuestra fragilidad nos alcanzará. Sin estar aferradas al Padre no podemos dejar fluir lo que sólo puede provenir de Él, de su Presencia. Ven conmigo unos instantes, y te invito a leer y meditar unos segundos en este PRECIOSO versículo…

Bendito el varón [y la mujer] que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová.

Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto”

Jeremías 17:7-8

(Paréntesis añadido)

Que cierres los ojos y puedas visualizar la imagen es importante. ¿Te imaginas el mismísimo árbol, pero plantado en un desierto? ¿Dará acaso el mismo fruto? ¡Imposible! Y es que el gran secreto a voces lo tenemos a la mano. Su Reino y Su Presencia en nosotras hará toda la diferencia. Pero que nuestra confianza esté en Él, implica mucho más que una simple confesión de labios, o que una sola disposición de nuestro corazón. Una relación con Dios es fruto de una acción, de una búsqueda voluntaria, una actitud que nos mantiene sedientas y activas en conseguirla. Tenemos que sentarnos a sus pies, como María, la hermana de Marta. Tenemos que cerrar los ojos y poner oído presto a sus Palabras. Tenemos que disponernos a ser trabajadas por su Espíritu para ver nuestros errores y dejar limpiar nuestros corazones. El árbol debe estar plantado junto al río, no lejos de él. Sólo así sus raíces serán nutridas por ese cauce poderoso e irrefrenable. Creceremos, venceremos a diario en nuestras debilidades, porque nuestras raíces estarán en Él, que de todo provee. En nuestros momentos de dificultad, sin importar cuál sea, nuestra hoja seguirá siendo verde, sobreviviremos la sequía a nuestro alrededor, y nuestra hoja no caerá. No por la fortaleza del árbol que somos, sino porque estamos ahí… con el cauce bajo nuestros pies, con raíces firmes y sólidas que nos mantienen en pie, esa nutrición sobrenatural que nos hace manifestar amor y sabiduría sobrenaturales.

Déjame decirte algo… como mujeres, como esposas y como madres, estábamos destinadas a ser fuertes y guerreras. La mujer virtuosa de la que habla el Proverbio 31 no siente temor del futuro, no porque el futuro esté asegurado, sino porque su confianza está puesta en Dios. Una mujer de Dios es preparada por Él para grandes actos de valentía. Preparada para andar en contra de la corriente. Para ser luz en un mundo en tinieblas. Y llevar a cabo las grandes obras que Dios tiene preparadas de antemano para sus hijos, para glorificar su Nombre, y traer el Reino de Dios a la tierra. ¿Hay un mínimo de debilidad en el carácter de una persona que llega a hacer todo esto? ¡Él es nuestra fortaleza! Cuando nuestra identidad está en Cristo, cuando nuestro ser fluye de su Espíritu, es forjado por su propia mano en el día a día, y son pocas las cosas que pueden amedrentarte. El problema no es que nuestro rol sea insuficiente para hacernos fuertes o felices, no es que los desafíos sean poco interesantes… El problema es que no hemos comprendido realmente quiénes somos en Él. Hemos estado demasiado tiempo en el mundo escuchando la opinión del mundo y creyendo el estilo de vida del mundo, adoptando como propia toda costumbre que hemos observado y dejando que nuestra identidad eche raíces lejos del río al borde del cual habíamos sido plantadas por Cristo. Pero la Palabra de Dios, tan sabia y tan oportuna, nos socorre con lo siguiente:

Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas.

Eclesiastés 11:5

Lejos de ese río no podremos jamás dimensionar el inmenso valor que tenemos en Él. Seamos quienes seamos, y estemos llamadas a lo que sea que estemos llamadas, no lo sabremos. Porque debemos nutrirnos de esa fuente de vida para tener una identidad firme y segura. Como personas, como mujeres, entenderemos que hemos sido llamadas a grandes propósitos. A manifestar Gloria de Dios en el mundo. A mostrar fortaleza en Él, sabiduría, bondad, el poder de Cristo… y todos los frutos del Espíritu Santo que son sobrenaturales, que provienen del trato de Dios mismo sobre un corazón humano. Como esposas, entenderemos la hermosura de la entrega que estamos llamadas a dar, lo precioso  que es bendecir a quien se ama, con confianza, con admiración, con trabajo y esfuerzo por darle corazón y alma a un hogar; y bendecir tanto como podamos a ese hombre que Dios ha puesto a nuestro lado para alentar y amar. Y, como madres, entenderemos la eternidad que Dios ha puesto en nuestras manos por forjar. Y es que, personalmente, he experimentado las revelaciones de Dios, en mi relación con Él, que me han hecho entender que día a día pongo piedra sobre piedra en una construcción que ciertamente será eterna. No veo el resultado terminado día a día, no es una labor de la que vea fruto a corto plazo. Pero debo entender que las vidas de mis pequeños son eternas, son valiosas para Él, y que lo que estoy haciendo en ellos puede ser determinante, tendrá consecuencias para bien o para mal, y es Dios quien lo ve día a día. Él nos los ha dado para bendecirlos, para formarlos, para guiarlos, para amarlos, para edificarlos, para sembrar Palabras de vida en ellos, para contenerlos y ayudarlos a que se aparten del mal. Y, sobre todo, son un regalo que nos empuja hacia la incesante necesidad de conocerlo más a Él, para poder edificar para que tengan una eternidad que se viva con Cristo, y no apartados de su Presencia. Nuestra identidad es tremenda, y sólo la hallaremos con nuestras raíces en ese cauce, con nuestro rostro mirando al Señor, nuestros oídos prestos, y con la Palabra en nuestro corazón.

El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará.

Eclesiastés 11:4

Debemos renunciar a todo sentimiento de incertidumbre y de temor. La preocupación invalida, porque es falta de fe. Si has pasado por momentos de desesperanza, de frustración constante, de desánimo, de cansancio que te ha llevado a la apatía y al desinterés, con sentimiento de culpa en tu corazón… No desesperes. Pero es momento de cambiar tu estrategia, porque poner los ojos en las olas no le da paz al marinero. Nuestros ojos deben levantarse de las circunstancias del día a día, ponerse en el Señor, y en sus propósitos eternos. Debes regresar tus raíces al cauce. Anhelar que crezca un amor y pasión verdaderos por Dios, que sostengan tu vida y mantenga tus raíces nutridas de su Presencia día a día. En el crecimiento de esa intimidad, seremos transformadas en las mujeres grandiosas que estamos destinadas a ser por medio de la obra de Cristo. Y seremos reflejo, no del versículo anterior, sino del que sigue:

El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

Juan 3:8

Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. 

Juan 6:35

Seremos como árbol plantado junto al río… nuestra hoja estará siempre verde… y en tiempos de sequía no dejaremos de dar fruto. Son nuestras raíces las que definen qué tipo de árbol somos. Y el que estas hermosas promesas que están en la Biblia se cumplan en nosotras, depende exclusivamente de nuestra necesidad y de nuestro tiempo con Dios. Como hijas del Espíritu, debemos dejar que éste nos lleve con libertad por donde quiere. Seremos llevadas a donde no imaginamos. Lo que hagamos, movidas por el Espíritu de Dios, dará frutos que no imaginamos. Eternos. Permanentes. Poderosos. Sólo Dios sabe qué alturas estamos llamadas a alcanzar… en Él.

Ahora sí creo poder revelar el misterio del ave recostada sobre sus polluelos. He pasado momentos estos últimos meses que me han hecho entender cuánta placidez se pierde a veces de disfrutar. Los ojos tienden a ponerse sobre los vientos y las nubes, sobre las pequeñas derrotas del día, sobre el afán que nos pesa sobre los hombros y del que quisiéramos huir, o simplemente el hecho de que la máquina no pare te puede ir quitando el gozo en momentos de debilidad. La verdad es que el hecho de aprender a depender del Espíritu Santo en todo tiempo puede cambiarlo todo. Porque el no hacerlo, abre la puerta no sólo a que nuestro gozo sea robado, sino que también con ello la capacidad de admirar la belleza del ejercicio de ser madre de esos polluelos sobre los que te recuestas día a día para darles vida. Es parte de la Gracia y el Poder de Dios que, dentro de la rapidez del día, tengamos momentos lentos y contemplativos para admirar el brillo en sus ojos cuando nos conversan algo emocionante, para observar el modo en que están creciendo, deleitarnos en sus avances y gestos de bondad entre ellos. Es Gracia y Poder de Dios el que pongamos los ojos en lo bueno y tengamos el TIEMPO para DISFRUTAR. Es un don que vendrá de su Espíritu Santo, el detenernos a admirarlos, a contemplarlos, a meditar en que sus vidas son milagros… entender que Dios los ha creado… que antes no existían y ahora están aquí, con nosotros… para vivir y aprender, para recibir y para dar. El poder sentir que el tiempo se detiene dentro del día para deleitarte en tu familia, sentir que respiran, y que sus vidas son un regalo invaluable.

Llevo casi tres meses en reposo absoluto para cuidar el embarazo de mi cuarto hijo. Por riesgo de parto prematuro he tenido que detener mi “patineta” y ese malabarismo diario -conceptos que menciono en el artículo anterior- para estar quieta y recostada… Sé que toda madre pensaría que esto es un sueño, pero no ha sido fácil. Sobre todo porque se comprende cuánto uno disfruta realmente el estar ahí… porque se extrañan los desayunos en multitud y el ruido, porque los veo correr por la plaza desde la ventana, y porque se extraña hasta el cocinar para ellos cuando la cocina no me apasionaba en nada. Ha sido un tiempo precioso por todo esto, por entender cuánto… a pesar de las carreras… disfruto de ellos, cuánto me encanta estar aquí, cuánto amo ser su mamá. Eso lo incluye todo, los momentos fascinantes y los momentos de corrección e instrucción que a veces nos cuestan. Lo que Dios me ha enseñado es un tesoro que no quiero olvidar jamás en mi vida. Estoy agradecida por su cuidado, por su poder manifestado en los milagros que ha hecho igualmente en mi cuerpo para proteger a este pequeñito que disfruto dentro de mí. Por sus detalles y el amor de la familia que nos ha ayudado y apoyado a pasar este tiempo. Y cuando este tiempo se acabe y regrese con un nuevo pequeño en los brazos, quiero poder experimentar siempre, como he aprendido en este reposo, esa plenitud del ave recostada sobre sus crías, tranquila y pacífica, sin afán y sin preocupación, sabiendo que lo que se hace día tras día es dar calor, dar vida, ofrecerse sin esperar nada, sin entender de tiempos y de temores. El ave confiada y serena. Plácida. Completa. Plena. Que cumple su labor, pero en paz y constante deleite.

Somos desafiadas a volver a sentir esa Plenitud. Entendiendo que nuestra identidad es tremenda. Cuyo cimiento está escondido debajo de la tierra, donde nuestras raíces nos definen. Seamos esos árboles plantados junto al río, que puedan mostrar la Gloria de Dios por medio de esos frutos constantes y eternos. Construimos algo grande, que está llamado a ser eterno. Lo hará Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, y para Gloria de Dios Padre.

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